Una fábula de “El café”

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El café de las diez no logró despertarme. Ahí él, todo amargo y todo negro, sin azúcar, sin cuchara y sin ganas, como yo.
El café de las once llegó tan rápido que sentí que era el mismo de las diez; hasta ahora no estoy seguro si era el de las diez, de hecho.
El café de las doce me vio terminar un proyecto; mientras se enfrió vistió las paredes de mi taza inmortal con un tono más oscuro que el habitual.
El café de la una me dijo que vaya a almorzar. Le hice caso y me almorcé al café de la una y media, y de postre tomé el de las dos.
El café de las tres me dijo que fuera a casa, que abandonara la oficina por hoy y me tomara un descanso merecido. Mis dientes ovacionaron la moción del café de las tres, felices de no recibir más color por el día de hoy. Mi gastritis incipiente maldijo el momento en que pensé apagar el ordenador y dejar todo para mañana; pero bendijo el instante en que decidí quedarme hasta las nueve a terminar todos los trabajos pendientes.
El café de las cuatro me presionó para que comiera, pero, cuando iba a pedir algo de comida por teléfono, el café de las cinco me dijo que ya no tenía hambre, que me ahorrara esa plata… para comprar café, pues casi estábamos desabastecidos.
El café de las seis no soportó más la taza, que no había sido lavada desde hacia tres meses, y sintiéndose más libre que nunca se volcó para correr libremente sobre los bocetos de la siguiente campaña. Mi gastritis se sintió crecer al imaginarse cuánto se alargaría la noche para rehacer el trabajo perdido, “cuando sea grande quiero ser una úlcera, pensó, y si todo sale bien quiero ser cáncer”.
El café de las siete me sorprendió encontrando una copia de los bocetos, casi acabados, en el fondo del décimo tacho de basura que revisaba.
El café de las ocho me dijo que el trabajo estaba acabado y que lavara la taza por Dios.
Con el café a media asta me dirigí hacia los lavamanos; cuando la taza cayó al suelo logré distinguir entre los pedazos de cerámica el grito sordo de adiós del café de las ocho.
Cuando dieron las nueve me descubrí llorando sobre los restos de la loza.

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Ya amaneció y mis compañeros me encontraron desnudo nadando en una mancha café que se dibujaba en los azulejos del baño. Ahora nadie dice nada, todos me miran y se miran entre ellos… y yo solo puedo pensar en que pronto serán las diez, necesito mi café.

Por: Juan Gabriel Chancay Bermello Quito, Ecuador

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